La neblina ( o como me sentí seguro junto a ti)

Decía Roberto de Castilla, joven poeta que vivía en las afueras de aquella montañosa villa en las planicies de Kharduk, que no era necesario enamorarse para hacer poesía.
Exiliado es el corazón,
que se rehúsa a fundir el metal de sus armas
Exhumado el cuerpo de sus oraciones,
Al repetir las palabras.
Malditos rebeldes con espadas,
levantándose contra la razón
"Te amo, te adoro"
Dicen al ritmo impromptu de un beso,
Y algo más, qué sé yo!
Y yo recuerdo al leerlo, aquel vivir en las faldas del Turrialba, cuando el desayuno me dejaba soñarte.
El chocolate caliente se evaporaba. Una cortina de vapor dulce que cubría levemente las cordilleras de tu espalda descendía hasta ti, y yo veía las marcas de tu piel, no cual cuerpo erosionado. A lo lejos te veía sino cual montaña delicadamente tallada por mis manos al calor de las mañanas, otora, delicadamente durmiente como el volcán que yacía en ti.
Y mientras te observaba, te recorría y colonizaba al ritmo del rugir de la tierra. Vos te volvías dulcemente lluviosa en épocas de verano. Ahí, eras neblina de noche.
La ventana se llenaba de neblina y yo a tu lado me derrumbaba conquistado por las faldas de tus cordilleras. La naturaleza de tu inocencia me había hecho cabalgar en retirada hasta el punto donde me acerqué, y a tu espalda dije las palabras que hacen temblar a muchos hombres: buenos días amor.